La felicidad del pueblo y la necesidad de un movimiento antagonico al modelo extractivista

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(Martín Cortina Escudero – Revista El Descamisado)

Una vez escuche decir a Ramiro Mases que la vida era una sola y por eso había que ser feliz. Una fórmula filosófica sencilla y concreta. Una fórmula que ha sido puesta en práctica por el peronismo como utopía política: “La felicidad del pueblo”. Obviamente, como toda utopía, fue imposible en su totalidad, pero sirvió para tener una meta, una referencia, un horizonte hacia donde caminar. Y a partir de esa meta se debatió el cómo. Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social fueron las respuestas. El mismo pueblo fue el artífice de su destino, discutieron y construyeron a partir de las diferencias, se preguntaron si el capital privado podía tener una función social o si, al tener una sola lógica (la ganancia infinita de una minoría), debía ser socializado para el bienestar general.

Sea como sea, la conclusión fue la misma: La economía debía ser puesta al servicio de la sociedad. Antítesis de lo actual: Una economía que prioriza las cuentas millonarias antes que el hambre de los desposeídos. Una política agrícola que prioriza el modelo agroexportador de commodities antes que el bienestar de una población expulsada por la caída de las economías regionales y la subsistencia de los pueblos originarios. Un aumento en las ganancias empresariales y la concentración del capital, frente al desempleo y empleo precarizado de una población que “sobra” en el mercado laboral. Negociados de una clase política corrupta, parasitaria y rentística, a costa del deterioro y colapso de los servicios públicos y masacres por faltas de obras públicas (masacres ferroviarias en Once y Castelar y masacres por inundaciones en La Plata y el conurbano bonaerense). Una deuda externa ilegítima que se paga frente a la miseria y al frío que pasan muchos habitantes de los cinturones urbanos. El saqueo de los recursos naturales por parte de corporaciones transnacionales, que dejan a una población enferma por la contaminación y nos quitan la posibilidad de poder financiar el fin de la pobreza.

Es por eso que tenemos que enfocarnos en la construcción de un nuevo movimiento. Rescatar la ética política basada en la solidaridad y un objetivo esencialmente humanista: El fin de la pobreza y la marginalidad a través de un verdadero proyecto nacional y popular. Un proyecto que tenga como antagonismo principal al modelo, modelo cuyas actividades se basan en una extracción intensiva de los recursos naturales para su exportación, que son altamente contaminantes perjudicando a las poblaciones aledañas y al ecosistema, que arruinan las fuentes de materia prima, que contratan poca mano de obra y que son ejecutadas por corporaciones extranjeras (aliadas con actores locales) que no pagan grandes retenciones. En pocas palabras, el extractivismo es la forma que ha tomado el saqueo de las riquezas por parte del imperialismo. Ejemplos: La Barrick Gold en la minería a cielo abierto; Monsanto, las cerealeras y los terratenientes en el agro-negocio; Chevron en la extracción de hidrocarburos a través del fracking. A esto se tiene que sumar los capitales financieros e industriales, también extranjeros (o nacionales en su forma pero extranjeros en su forma de operar) que se siguen valorizando a costa no ya solo de la felicidad del pueblo argentino, sino de su supervivencia. En este sentido nos podríamos preguntar porqué empresas tanto multinacionales como nacionales siguen subcontratando servicios a pequeñas empresas o empresas fantasmas que operan flexibilizando (y precarizando) los puestos laborales.

Algunos disentirán y me dirán que el movimiento ya está conformado y que se llama “kirchnerismo”. Por un lado, creo que un movimiento tiene cierta autonomía y organización frente a su dirigencia, y justamente eso es algo que el kirchnerismo no posee: por el contrario, se tiende cada vez más a su centralización y su falta de crítica militante. Por el otro lado, el imperialismo ha podido operar en el país bajo la protección del progresismo oficialista, protección que a veces ha tomado forma activa: El veto a la ley de protección de glaciares en el 2008, el acuerdo YPF-Chevron para explotar a través del fracking ciertos pozos hidrocarburíferos, la nueva ley de ART que fue sancionada junto al PRO en el 2012, la ley antiterrorista modificada en el 2011, la planificación de una profundización de la sojización en la tierra Argentina a través del Plan Estratégico Agroalimenticio y Agroindustrial 2020 (PEA 2020). Pero esta protección también ha tomado forma discursiva (la demonización del sindicalismo combativo, la bienvenida a Monsanto, el circo del “minero Alfredo”) y forma pasiva (la omisión en el relato oficialista de las actividades extractivas).

Otro punto a resaltar es la necesidad de volver a instalar, en el debate político, la posibilidad de hacer una revolución. Pero: ¿Qué es hacer una revolución? A mi sentir, hacer una revolución significa cambiar las estructuras de la sociedad. En ese sentido, hoy en día el sistema (con sus múltiples dimensiones: lo socioeconómico, lo político, lo cultural, lo afectivo y lo estético) debe ser revolucionado de raíz. El sistema capitalista tiene como lógica constitutiva y primordial la autovalorización del capital, es decir la multiplicación de una plusvalía que se acumula en unas pocas manos a costa del bienestar de la mayoría. Y en esta mayoría entramos muchos: la clase media, los trabajadores formales, los trabajadores informales y los condenados al desempleo o subempleo crónico. Estos diferentes estratos de la mayoría podrán tener diferencias de hábitos como de consumos, pero todos poseen algo en común: su bienestar es antagónico al capital. Y en Argentina el sistema capitalista es imperialista, y en el siglo XXI el imperialismo tiene forma de modelo extractivista. De ahí la convergencia entre la liberación nacional y la liberación social, de ahí la necesidad de un proyecto realmente nacional y popular.

Entonces, recapitulando: Para terminar con la infelicidad del pueblo tenemos que construir un movimiento antagónico al modelo extractivista que revolucione las estructuras de la sociedad. A la larga se trata de eso, de poner la economía al servicio de la sociedad. Que no haya ni hambre, ni frío, ni cáncer por glifosato o cianuro. Que cada ciudadano pueda tener el sustento decoroso que un ser humano merece. Que la felicidad sea construida por todos y para todos. Y eso solo puede lograrse con la construcción de un movimiento revolucionario.

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