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SIN JUSTICIA SOCIAL NO HAY PAZ NI PROGRESO. SIN DISCIPLINAMIENTO DEL PODER ECONÓMICO Y JUDICIAL NO HAY DEMOCRACIA POSIBLE EN ARGENTINA

El glorioso pueblo argentino es objeto desde hace 50 años de una guerra ininterrumpida contra sus posibilidades de vivir bajo un estado de armonía, unidad y progreso sostenido. El bloque oligárquico y los intereses extranjeros aliados, enemigos acérrimos del interés nacional han procurado por todas las vías castigar la osadía de este pueblo de pretender dirigir su propio destino y forjar un país con industria, justicia social, un movimiento obrero vigoroso y una doctrina nacional. Lo han procurado mediante el genocidio, el terrorismo económico, la represión, la persecución, la mentira y la demonización. No han ahorrado esfuerzos y han diversificado sus tácticas durante décadas sin modificar su objetivo último (quizás haya en esta tenacidad del enemigo un conocimiento que debemos recoger por parte del campo popular).

El gobierno de Milei es una fase superior y quizás decisiva en este embate. La legitimación mediante el voto del proyecto antinacional, envalentonó a los personeros creyendo que “es ahora o nunca” y lanzándose con toda crueldad y determinación al desmantelamiento de nuestro país, sus capacidades nacionales y la capacidad de resistencia y lucha. Buscarán, si es posible, la balcanización del territorio nacional.

Sin una clarificación de los términos de la discusión, los actores y lo que realmente está en juego no es posible construir el tan mentado diálogo con el que tanto se insiste desde la hipocresía y el cinismo, como si quienes gobiernan fueran adversarios leales con principios comunes anclados en la democracia y la defensa de la patria común. Pero no es el caso. Los grupos del poder económico concentrado, agrupados en la Asociación Empresaria Argentina (AEA), la cámara de comercio de Estados Unidos (AMCHAM), la asociación de Bancos privados, La UIA, la Sociedad Rural, la Bolsa de Comercio de Rosario y Córdoba y la denominada “Familia Judicial” que monopoliza el ejercicio de la Justicia en nuestro país, en tanto principales entidades visibles, coordinadas y conducidas a su vez por una política general orquestada desde la embajada de Estados Unidos con apoyo y complicidad de la de Israel, han demostrado ser enemigos de la patria, enemigos de la democracia y enemigos de nuestro pueblo. Enemigo es aquel que pretende y obra en pos de tu destrucción y eso es exactamente lo que han hecho sin pausa estos intereses a lo largo de décadas. Conspirando contra las mayorías, saqueándolas, sean niños, adolescentes o ancianos, desmantelando el país, las leyes protectoras de trabajadores, jubilados y discapacitados, pero también de nuestras tierras, bosques, suelo, bienes naturales y fuentes de agua, con el único fin, (que ahora ni siquiera se esmeran en ocultar), de entregárselo a unos pocos grupos empresarios extranjeros sometiendo nuestro país a un encuadre internacional que atenta contra nuestro desarrollo, el bienestar y felicidad de nuestro pueblo y nuestro enorme potencial en diversas áreas. Pero nada de este estado de guerra permanente contra el pueblo argentino sería posible sin la necesaria y activa complicidad de la clase política profesional, rentística y parasitaria que copó la función pública y el ejercicio institucional de la política desde el fin de la dictadura hasta nuestros días. A veces en el modo de la traición (a los intereses que los llevaron a representar en lugares de decisión) a veces sin disimulo alguno, actuando como meros empleados y personeros del interés antinacional.

Ante esta situación, es de perogrullo insistir en que la dirigencia del llamado peronismo post-dictadura no ha estado ni por asomo a la altura del combate que se libraba. Oscilando entre la traición y la defección lisa y llana, han bajado banderas, negociado en nuestro nombre, se han enriquecido con nuestra pobreza y han sustituído el potencial transformador del pueblo organizado por el cuentapropismo cortoplacista de la “carrera política”. Han demostrado ser tibios y cobardes en el poder, cómplices y genuflexos como oposición. Han debilitado la organización popular que, aún después de la dictadura, seguía manteniendo reflejos y resortes vivos capaces de resistir los embates y regenerar las esperanzas de un proyecto popular (fuerzas que resistieron a Alfonsin, al menemismo y generaron la rebelión popular del 2001) y han demostrado (quizás lo más imperdonable de todo) que son malos políticos en lo que a construcción de poder y supervivencia se refieren: vienen conduciendo al peronismo a derrotas históricas en el plano electoral y político y debilitando la capacidad organizativa hasta la impotencia misma, llevando a la fuerza política al peligro de la extinción.

Pero es de notar que las fuerzas políticas impulsadas o cooptadas por estos mismos intereses antinacionales, también han sufrido durante sus gestiones de gobierno el chantaje y ahorcamiento del poder concentrado: sea en la forma de la desestabilización económica (corridas, devaluaciones, lockouts, etc), la presión mediática o la desestabilización institucional. Lo han sufrido Alfonsín, Macri y hasta el propio Milei tiene sus enfrentamientos con el autodenominado “círculo rojo”. La “Familia Judicial” que, con lógica de mafia, busca su autopreservación, que no paga ganancias ni rinde cuentas a la sociedad, que se autoeligen y erigen, que antes que administrar justicia garantizan el saqueo, la impunidad de los enemigos de la patria y la imposibilidad de cualquier avance popular, es el otro brazo de la pinza del oprobio que nos sujeta.

Es decir que el verdadero y único poder real sostenido en el tiempo que detenta la decisión política y con él, la determinación sobre las condiciones existenciales de toda la Nación, ha sido este núcleo de intereses trasnacionales que sólo busca el saqueo de nuestras riquezas, la usura financiera y el sometimiento espiritual del pueblo argentino.
Es precisamente la orfandad en la que han caído las mayorías trabajadoras de nuestro país ante semejante ataque lo que nos ha depositado en este estado de catástrofe actual, con un enemigo que avanza firme ante un pueblo desmoralizado y desmovilizado. ¿No es esa orfandad la que debería atacar y suplir una fuerza popular alternativa al modelo actual?

El campo enemigo que se valió de la experiencia libertaria para ejecutar su agenda más ambiciosa e ideológica, no improvisa: ya tiene opciones para la continuidad de su modelo social y económico en todos los espacios competitivos de cara a las elecciones del año que viene. Ahí está Patricia Bullrich como heredera directa de Milei, Mauricio Macri para los desencantados “por derecha” y la defensora del genocidio y el terrorismo de Estado, Villarruel para quienes están enojados (y más de un “peronista” despistado).
Pero también tienen opciones dentro del peronismo: Allí están Miguel Pichetto, el candidato a vicepresidente de Macri y garante privilegiado de la gobernabilidad liberal junto al flamante y acérrimo defensor de Estados Unidos e Israel, Guillermo Moreno, recorriendo el país, o el pastor venido de Miami al modo de un Milei peronista. Todos ellos representan la alternativa del poder concentrado para seguir gobernando los destinos de nuestra Patria. Pero también trabajan para la continuidad los que hacen política bajo causas unipersonales, como si la política fuera un hecho religioso o un club de fans y no la herramienta que tiene el pueblo argentino para liberarse de la opresión.
El deber patriótico es enfrentar estas falsas alternativas y denunciar el continuismo que representan.
Creemos que sólo el espacio político encabezado por el gobernador Axel Kicillof es el único viable para plantear estas discusiones y encarnar con algún asidero real la participación que el pueblo peronista reclama. Así lo demuestran la multiplicidad de encuentros e iniciativas militantes que se están impulsando a lo largo y ancho del país habilitando una discusión franca entre compañeros en torno a propuestas políticas concretas.
No hay más lugar para “Albertos Fernández” ni caprichos de mariscales de la derrota que elijan a dedo a espaldas del pueblo, negociando en nuestro nombre y definiendo nuestro destino siempre a pérdida.

A ese omnipoder que no sabe de constitución, representatividad, límites o castigo es preciso decirle basta. A los traidores y cobardes que quieren ser serviles en nuestro nombre, corranse. Es nuestra vida y la de nuestras familias la que está en juego. No hay causa ni interés mayor que la autopreservación y el bien común.
Siempre se escucharán los gritos de los cautos, cobardes o conchabados que aunque subalternos, siempre se sienten cómodos con su lugarcito bajo el sol en el status quo reinante. Teoría de Baglini, Realpolitik, correlación de fuerzas, son todas metáforas para esconder la cobardía, la mediocridad o la traición lisa y llana de una clase dirigencial profundamente individualista y mezquina, sin ambición histórica ni hambre de gloria, pero tampoco, sin estrategia ni inteligencia, que colabora etapa a etapa con la degradación generalizada de las condiciones de vida del pueblo y que no proyecta ningún tipo de horizonte de grandeza, solo la salvación individual.

Estas definiciones y determinación política no pueden diluirse en consignas callejeras o lo que es peor, anuncios de campaña o declaraciones periodísticas: Tiene que transformarse necesariamente mediante la acción militante y la práctica organizada, en un programa de gobierno que de una vez por todas vaya a fondo y se haga cargo del verdadero problema de la Argentina: la remoción absoluta del interés antinacional y antipueblo concentrado como política de estado permanente, independiente de la fuerza política que ocupe la representación formal. Solo con un proyecto Nacional indudable que aborde los grandes temas y los resuelva se puede garantizar un ejercicio democrático del poder en la Argentina.

Tenemos que definir qué hará el peronismo si llega al poder. Eso no puede quedar librado a la buena voluntad o imaginación de los mismos que nos trajeron hasta acá. Tiene que ser un petitorio de exigencias populares y la primera medida de un posible gobierno peronista debe ser derogar sin vacilación todas las leyes y decretos que hayan sido sancionados durante el gobierno de ocupación enemigo: Absolutamente ningún beneficio para el interés nacional o el bienestar de las mayorías, ni siquiera de modo casual, se sigue de la vigencia de esas leyes, sino más bien lo contrario. Proseguir ese estado de cosas, es complicidad.
En el mismo sentido, hay que promover que el Estado se ponga como querellante y lleve a fondo todas las causas pertinentes contra los criminales que están hoy en el poder. Tiene que aplicarse la máxima responsabilidad penal y promover un proceso ejemplar: No se trata de revanchismo ni persecución, sino de un verdadero proceso de justicia y reparación popular que por un lado, condene a los responsables de semejante daño y saqueo y por otra parte desaliente a cualquiera que en el futuro piense en realizar algo semejante. Esta banda de lúmpenes, delincuentes comunes, estafadores de poca monta, cachivaches y vendepatrias funcionales al interés antinacional, tiene que ser condenada por la justicia y repudiada durante el resto de la historia por la memoria popular. Solo sobre esa base de justicia puede asegurarse una auténtica convivencia democrática y un verdadero ejercicio republicano del poder.

Pero no alcanza con eso: hay que ejecutar un plan de máxima, sin demora y con toda fuerza, recuperar los resortes económicos del Estado: expropiar empresas claves, derogar la ley de entidades financieras, refundar el sistema ferroviario, activar una reforma judicial democratizante, modificar drásticamente el sistema tributario de modo progresivo, pausar pagos, renegociar y refinanciar toda la deuda externa, aumentar considerablemente el gasto presupuestario en salud, educación, ciencia y defensa, ejecutar el programa de “La marcha al campo” para crear trabajo genuino y garantizar soberanía territorial.
¿Suena a mucho?, ¿suena osado? Es apenas lo mínimo que hay que hacer para comenzar a construir un rumbo certero (no imaginario ni retórico) que garantice las bases materiales para el emplazamiento de un Estado capaz de brindar bienestar a su población y, con ello, erigir una Nación digna, soberana y potente.

El que tiene miedo de quedar mal con los verdugos no tiene nada que hacer en el peronismo: su cobardía y mediocridad lo excluyen de hecho. Es tiempo para patriotas porque la patria misma está en peligro.


(Imagen destacada: Daniel Santoro, «Centauro descamisado y casa de Victoria Ocampo», 2011)

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