Del anti-sindicalismo oligárquico al progresismo gorila – Ramiro Mases

Perspectivas y desafíos de la clase trabajadora nacional.

 ramiEl  devenir histórico de nuestro país, repleto de hitos, avances, retrocesos, tragedias, patriadas, traiciones, decepciones y nuevas arremetidas esperanzadoras, no ha logrado configurar –aún- una realidad en el plano institucional, cultural y social similar a la de países como México, Colombia o Puerto Rico (por citar algunos ejemplos arbitrarios), pese a que hace más de 40 años, se viene sosteniendo una guerra sin cuartel contra el interés y posibilidad del pueblo argentino de desarrollarse en el ámbito de su comunidad bajo los principios de la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política; es decir, de otorgarle un marco de prosperidad, previsibilidad futura y un horizonte constante de mejora en la calidad de vida para sus integrantes.

 Si esto no ha ocurrido, si nuestra realidad nacional pese al proceso vertiginoso de degradación en el que se encuentra inserto, sigue reportando algunas seguridades y un cierto piso de dignidad o al menos un horizonte de transformación posible, eso se debe principalmente a un factor concreto: la Argentina es el único país del continente americano, en el que el movimiento obrero organizado ha sabido constituirse en un sujeto de poder tal, que ha sido capaz de estructurar un proyecto de país a largo plazo regido por dos premisas básicas: la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.

 No es sólo en el contenido histórico de aquella experiencia (de por mas épica) sino en su resultante más allá del paso del tiempo, el lugar en el que se deposita el valor fundamental de ese proceso histórico. Con esto queremos señalar que en tanto una de las experiencias de poder popular más cabales de la que tenga memoria el pueblo latinoamericano, haya sido protagonizada en primera instancia por la clase trabajadora y que a su vez como resultado de esta, además del emerger de una Nación Libre, Justa y Soberana, la organización sindical se haya revestido de un poder tan significativo en el esquema de decisión, tal  que haya ocupado un lugar como interlocutor de poder, partícipe en la discusión respecto al futuro nacional junto con el empresariado, el poder financiero y la clase política, confieren al movimiento obrero argentino un vigor imposible de encontrar en otros sistemas políticos de la región.

Es debido a esta consecuencia histórica, resultante del acontecimiento que significó el Peronismo como experiencia inédita de poder popular en la historia de nuestro país, la que configuró en buena medida el proceso posterior al 55’, que tuvo  su bestial clausura con el golpe oligárquico-militar cuyo objetivo fundamental fuera el de desarticular esa poderosa organización sindical que se presentaba como un elemento desestabilizador y como la traba principal para la aplicación del modelo colonial de atraso y entrega que instaló la dictadura y que continuaron bajo un marco de legalidad constitucional los respectivos gobiernos subsiguientes.

Es en este punto en el que se hace evidente por qué razón el sindicalismo argentino se ha constituido como el enemigo principal de las clases dominantes  y su proyecto de nación dependiente y empequeñecida.  Y cuando hablamos de Sindicalismo ha de quedar sumamente claro que ni nosotros ni ellos (los enemigos del pueblo), hacemos referencia a un dirigente, una organización o una tendencia particular dentro del movimiento obrero organizado, sino a una cultura política, a una institución surgida de las entrañas del pueblo mismo con capacidad efectiva y eficaz de disputar a los grupos de poder económico y político-profesional, ya no sólo por mejorar o defender condiciones laborales, sino por estructurar un modelo de nación diametralmente opuesto.

Vale decir entonces, que uno de los principales pilares en los que se ha sostenido y desarrollado el anti-peronismo ha sido el odio acérrimo a la organización sindical y sus modos de acción política.

Nos proponemos indagar ahora sobre un fenómeno (no tan) reciente; el del progresismo  furibundamente anti-sindical, es decir, rabiosamente anti-peronista. Tómese en cuenta las declaraciones, discursos, proclamas y debates que circularon por los medios de comunicación respecto a los dos últimos  paros generales de actividades convocados por la CGT y la CTA el último 10 de abril y 28 de agosto, respectivamente.

Si bien el anti-sindicalismo es una tendencia que se remonta a etapas anteriores al peronismo, es a partir de este y sus efectos sobre la fisonomía del movimiento obrero lo que sintetiza en una sola expresión política, el odio de la oligarquía y el desprecio de la clase política hacia él.  Pero ante estas medidas de fuerza sindical recientes,  se pudo constatar la transversalidad que implica ese desprecio hacia los modos de acción política de los trabajadores argentinos, incluyendo  también a los sectores identificados hoy con el espectro ideológico progresista o de (centro) Izquierda.

Aquí no importa si las descalificaciones hacen foco en la biografía o nombre propio de algún dirigente sindical, o si apelan a teorías conspirativas para señalar con acentuado desprecio y subestimación por la participación y determinación política de los trabajadores, su condena a una medida de fuerza legítima y de por más necesaria en la actual coyuntura, como es un paro general, que ha sido históricamente el instrumento necesario para defender y conquistar derechos por parte de la clase trabajadora.

El gorilismo progresista de origen Kirchnerista  se golpea el pecho reclamando por la “libertad sindical, contra la burocracia” atreviéndose a poner en entredicho (desde la soberbia que confiere la pura ignorancia) los mecanismos institucionales propios que se han dado históricamente los trabajadores y su organización sindical para definir su acción política. Si es por hacer hincapié en la biografía de los dirigentes, se olvidan que dentro de los gremios oficialistas que carnerearon el paro, se encuentran figurones cómplices de la entrega y el saqueo en los 90’s y de la precarización que azota a sus propios trabajadores, en la actualidad, además de la complicidad imperdonable con patronales trasnacionales, para despedir trabajadores.

Pero lejos de estas pequeñeces, lo que enerva y desencaja al progresismo de a pie o encumbrado en altos cargos del ejecutivo, hasta hacerlos gritar (confesar) las peores goriladas, no es la preocupación por la  democracia sindical ni mucho menos, sino el hecho de que ante la complicidad de toda la clase política, el único actor de poder real que  haya cuestionado severamente el modelo político-económico, nada menos que parando el país, haya sido el movimiento obrero organizado con la autonomía que implica no estar condicionado política o económicamente, como es el caso la militancia para-estatal o la ingravidez de los partidos de izquierda.

 Es el poder, autónomo de la caja estatal y la prebenda política, lo que resulta intolerable, ya no sólo al oficialismo sino a toda la clase política profesional que desprecia del mismo modo la acción política de los trabajadores y su cultura sindical. Repetimos: no se trata de soslayar el papel que cumplen algunos dirigentes, así como los vicios y prácticas que los caracterizan, los cuales también representan limitaciones políticas que generan dificultades a la hora de profundizar la pelea por un proyecto de liberación nacional. De lo que se trata ante una avanzada que pretende cercenar y limitar el derecho a huelga, criminalizando la protesta social y estigmatizando a quienes la llevan adelante, es de sostener el derecho y la obligación del movimiento obrero organizado argentino de resguardar como valor principal para la Nación, los derechos de los trabajadores e impulsar un proyecto de país erigido sobre los pilares de la justicia social, la independencia económica , la soberanía política, la solidaridad y la participación activa del pueblo como única garantía de democracia real.

Los dos ultimos paros generales arrojan algunos datos a tener en cuenta para pensar las perspectivas futuras y presentes del campo popular. Lo primero es que los trabajadores organizados siguen teniendo un poder de fuego capaz de condicionar y cuestionar políticas consensuadas entre el ejecutivo y el empresariado, hecho que sigue reafirmando con contundencia el valor del modelo sindical peronista.

Pero a su vez, también se hace evidente, teniendo en cuenta no sólo a los gremios que no se adhirieron, sino también a muchos de los que sí, de que es preciso un trasvasamiento generacional al nivel de las conducciones, que permita formar nuevos dirigentes que incorporen nuevas prácticas y realidades, sin por esto modificar un ápice del modelo sindical, pero dejando de lado viejos vicios que arrastran ciertas dirigencias.

Prueba de esta necesidad, es el crecimiento de delegados y comisiones internas provenientes de la izquierda trotskista, frente al vacío de acción que deja el sindicalismo peronista tras el alejamiento de algunos sindicatos y dirigentes de la realidad de sus bases.En el plano nacional y de cara al panorama de ajuste y recesión que ya estamos viviendo, es imperioso que como lo hiciera históricamente, el movimiento obrero organizado se ponga a la cabeza de la resistencia popular frente a estas medidas, ya no sólo por defender conquistas y derechos de la clase trabajadora, sino por dar un salto a la discusión política en pos de forjar un proyecto de nación alternativo, incorporando en su acción a los sectores medios-urbanos (siempre reticentes a la cultura sindical) así como al enorme conjunto de población excluida por la miseria planificada que azota nuestro pueblo desde hace décadas.

Ha quedado demostrado, más allá de los gritos del gorilismo de izquierda, progresista o conservador, que el movimiento obrero es la institución más poderosa del campo popular, y como tal, tiene la obligación histórica, consecuente con su glorioso pasado al que evocan nombres como los de Di Pasquale, Atilio López, Framini, Borro o Ubaldini, de constituirse de una vez y para siempre en la columna vertebral de un movimiento nacional cuyo horizonte inclaudicable sea el de la justicia social en el marco de una patria liberada.

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