MANUELA PEDRAZA #MujeresRevolucionariasAutenticas

MANUELA PEDRAZA

#MujeresRevolucionariasAutenticas

“A estos héroes generosos
una amazona se agrega
Que oculta en varonil traje
triunfa de la gente inglesa:
Manuela tiene por nombre,
Por patria Tucumanesa”.
(Pantaleón Rivarola)

Manuela Hurtado y Pedraza nació en 1780 en fecha indefinida en Tucumán, cuando aún estaban conformaras las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Mientras estaba establecida en Buenos Aires, luchó valientemente en la reconquista de la ciudad tras la Invasión Inglesa de 1806. El Comandante al frente de la defensa, Santiago de Liniers, la distinguió con el grado militar de Alferez, por la valentía desplegada en el combate, en el que incluso luchó cuerpo a cuerpo contra el enemigo inglés, en una muestra de heroísmo y patriotismo inusitado.
Luego de los combates y en reconocimiento a su valentía, los soldados y la población resistente la bautizaron “Manuela, la Tucumanesa”
Manuela estaba casada con el Cabo José Miranda, Asturiano de nacimiento, pero soldado al servicio Patrio y vivían en una casa en lo que hoy es la intersección de la Avenida Corrientes y Reconquista.
Manuela había llegado a Buenos Aires, tratando de huír de la condena social por la razón de haber sido madre soltera de un niño al que llamó Juan Cruz Pedraza.
La Tucumanesa Pedraza participó en la más grande batalla de la reconquista; Tuvo lugar entre el 10 y el 12 de agosto de 1806. Combatió encarnizadamente en las calles de Buenos Aires para reconquistar la ciudad que estaba a manos de los usurpadores ingleses. Todos participaron en la lucha, las mujeres con el mismo fervor que los hombres, incluyendo a Juan Manuel de Rosas, quien a pesar de tener sólo 13 años participó con heroísmo en los combates, como un resistente más.
Cuando el combate había llegado a su culminación en la plaza mayor, actual Plaza de Mayo, los ingleses estaban atrincherados en la actual Casa Rosada, antes conocida como la Fortaleza. Mientras Liniers comenzaba con los aprestos para dar el combate final, una mujer del pueblo se destacó entre los soldados, uno de los cuales era su marido, a quien había resuelto acompañar. La metralla británica no la acobardó. Por el contrario, se insertó, junto al batallón de Patricios, en medio del fuego de metralla inglés y con un fusil mató a los enemigos usurpadores de la ciudad. En el segundo día de la batalla, 11 de agosto de 1806, durante el combate, el marido de Manuela cae mortalmente herido por un disparo de un soldado enemigo. Manuela tomó el fusil que dejó caer su marido, y con esa arma, mató, a su vez, a quien había disparado contra su esposo. No contenta con ello persigue al pelotón enemigo y mató a otro soldado inglés de un bayonetazo. Luego le arranca el fusil, que presenta, después, como trofeo a Santiago de Liniers.
Una anécdota de la reconquista de Buenos Aires en 1806, de la que existen documentos, relata que cuando Liniers atravesó la Plaza, dirigiéndose a tomar posesión del fuerte de Buenos Aires, recién rendido por los ingleses, luciendo su uniforme con jirones y agujeros atravesados por tres balas, signos de la dura lucha empeñada, iba acompañado por una entusiasta turba que lo vivaba y milicianos en su mayoría desarmados, su atención se dirigió hacia esta brava mujer, que le presentó al Reconquistador el fusil con el cual ultimara a un soldado británico, llorando la muerte de su marido, caído en acción.
Concluida la lucha con las fuerzas hispano-criollas y la capitulación incondicional de los invasores, Manuela Pedraza entrega el fusil capturado al comandante de la reconquista, Santiago de Liniers y éste, en su parte de triunfo expresó sobre ella en uno de sus párrafos que su lucha no debe ser olvidada.
A través de los episodios de las dos invasiones, la de 1806 y la de 1807, se la ve reaparecer muchas veces, siempre aguerridamente esforzada, entusiasmando con su palabra y con su acción a los reconquistadores primero y a los defensores, después, en las calles porteñas ensangrentadas por la lucha. Calles que recorría animada de ira ardiente, trágica en su rebeldía, apasionada e inquietante, incitando a los pusilánimes a levantarse contra los invasores o a los combatientes a luchar sin tregua.
Y entre uno y otro episodio, liderando el conjunto de mujeres patriotas que improvisaban uniformes para las fuerzas que se preparaban a repeler al invasor y, sobre todo, para las del criollo regimiento de Patricios o para las del humilde de Pardos y Morenos.
La sabiduría popular, transformada en memoria colectiva fue conservando y transmitiendo la historia de Manuela.
Entre las turbulencias de nuestras luchas civiles y quizás por la insoportable ausencia de su compañero, Manuela fue olvidada y terminó sus días vagando trastornada e indigente, arrastrando su miseria por las calles de la ciudad que ayudó a reconquistar.

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