La unidad se construye, no se decreta

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Denni Fernandez – REVISTA EL DESCAMISADO

Si resulta difícil siendo contemporáneos hacer una lectura correcta de la realidad en la que estamos inmersos, mucho más difícil se hace alcanzar la unidad para cambiarla cuando todo el tiempo somos bombardeados de información sobre esa realidad con disímiles interpretaciones y posicionamientos, y no sólo desde corporaciones (y “korporaciones”) mediáticas, sino también desde medios alternativos, convirtiéndose todo en una especie de Torre de Babel, en tiempos donde el rol de la tecnología y los medios en la política está sobrevalorado.

Incluso la misma vorágine del fragor de encendidas inter-interpelaciones en el mundo de las redes sociales, nos lleva a otorgarle a esos espacios virtuales de conflicto, un lugar central en la construcción social e ideológica, donde se expresan opiniones, propuestas políticas, tácticas de “resistencia”, y por que no decirlo, cualquier devaneo y disparate, todo un combo que abona a la construcción de falsas identidades colectivas (o su dispersión), llevando y confundiendo la necesidad del “hecho mediático” a un lugar de preponderancia por sobre la acción política, y por supuesto, casi siempre alejados de las preocupaciones reales del pueblo.

Cuando hablamos de pueblo, nos referimos a un concepto que hay que desidealizar para comprender, en su idiosincrasia, en su cultura y en su historia, sin fetichizar este término tan polisémico y aún pendiente de actualización teórica desde su significación política y desde su significación antropológica, teniendo en cuenta de que viene sufriendo un proceso de degradación y descomposición social desde hace casi de 40 años. Gramsci era uno de los que decía que era menester observar sin desdén la cultura popular, sus manifestaciones, sus difusiones y sus efectos, que lo popular no era “perfecto” (si acaso existiera un modelo de perfección).

Roberto Carri por su parte afirmaba que la cultura popular era la matriz de la que surge la verdadera política naciona¬lista y revolucionaria y que solo en ella se encuentran las enseñanzas para guiar la acción. Suscribiendo a esta idea creemos necesario en estos tiempos reflexionar sobre “lo popular” y la “unidad”, buscando algunas coordenadas e intentando develar que tipo de condiciones, elementos y actores propiciaron los momentos de síntesis popular y lomos en la historia de nuestro país, produciendo quiebres o encontrando fisuras en la estructuras de poder para allanarlas, procesos que a veces parecieron responder a hechos de apariencia fortuita, pero que emergieron de una suma de acumulaciones de presiones sociales, y como ejemplo de síntesis más acabada, con el peronismo se entronca en un cruce único entre condición social, historia, política y cultura, como lo describiera el antropólogo Guillermo Gutierréz en “La Clase Trabajadora Nacional” (1974).

Hablando de unidad, el mismo General Perón decía que había etapas: la de aglutinación (generalmente gregaria), la de organización y la de consolidación. Habitualmente las aglutinaciones son defensivas, anárquicas, donde hay “de todo”. Los vínculos son más de resistencia, de reivindicaciones sectoriales, de solidaridad de clase y entre estamentos sociales, que de contenido ideológico común con un horizonte con una estrategia de poder real.

La necesidad de unidad

La etapa neodesarrollista iniciada en 2002/2003, produce algunas transiciones y reconfiguraciones de la estructura productiva, sin modificar sustancialmente el esquema productivo hegemónico anterior e incluso profundizando un modelo económico de dependencia, condición sine qua non para lograr la reactivación económica dentro de la lógica de acumulación del Capital (alcanzando niveles inéditos de concentración y extranjerización en la década kirchnerista), que necesitaba, y no era incompatible, la consecuente (re) incorporación de fuerza de trabajo a la actividad productiva, principalmente a las relacionadas con el nuevo modelo capitalista dependiente, lo que a su vez permitió cierta recomposición y, en algún modo, cambio de fisionomía de las organizaciones sindicales, principalmente en aquellas ramas de actividad ligadas al modelo económico: camioneros, portuarios, metalúrgicos, mecánicos, trabajadores rurales, etc. Aunque las conducciones siguieran siendo las mismas desde hace años.

Desde el mismo seno del modelo y gobierno en el que se empezó a generar esta revigorización de la actividad sindical y cierta aglutinación (limitada por la precarización y la informalidad laboral), por las limitaciones mismas del ciclo económico y los intereses del poder político funcional, salieron arremeter contra el movimiento obrero, operando divisiones e intervenciones primero, ajustando luego y ahora reprimiendo abiertamente para garantizar el ajuste. Hoy el movimiento obrero y el trabajador organizado, empieza a recibir de lleno los embastes de la crisis y del gobierno, y mira ahora a otros actores sociales que tenía olvidado; actores que vienen resistiendo desde hace mucho más tiempo la opresión de un modelo agresivo, no sólo sobre sus medios de subsistencia económica, sino también sobre su humanidad, como ser sectores campesinos, pueblos originarios, poblaciones rurales, movimientos ambientalistas, movimientos villeros y otras víctimas. Muchos de estos sectores vienen llevando adelante una desigual pero heroica lucha apoyados solidariamente por otros movimientos sociales, principalmente de izquierda y estudiantiles, aunque otras veces esa lucha legítima se vio “desvirtuada” o “deslegitimada” socialmente debido al acaparamiento y uso (“luchismo”) que hicieron muchas de esas mismas organizaciones y partidos.

La unidad se plantea como una necesidad, construirla es el desafío, este país no puede seguir desperdiciando oportunidades y generaciones en disputas estériles mientras nos están llevando puestos, sin distinción de peronistas, guevaristas, socialistas, trotkistas, radicales, militantes, no militantes, “apolíticos”,etc.

Mientras tanto, las dirigencias sindicales clásicas navegan en la incertidumbre, y siempre corriendo detrás del armado de alguna expresión del PJ, como olfateando el poder para trasladarse con él y garantizarse continuidad en la dirección y el manejo institucional, aunque hay excepciones (con todas sus contradicciones) que todavía expresan la defensa del interés de los trabajadores y conservan la suficiente fuerza para resistir y generar algún tipo de esperanzas de poder retomar o volver a tener programas históricos como supo tener el movimiento obrero.

A fin de cuentas, son muchas las limitaciones y obstáculos a la hora de concretar la unidad, por lo menos de una masa crítica con suficiente fuerza y contenido social amplio, que tenga al movimiento obrero como principal protagonista; pero más que por las condiciones objetivas y los condicionantes externos, muchas veces son las mismas miserias subjetivas las que operan divisiones, los personalismos, el impulso innecesario de rosquear improductivamente y desde una mentalidad agonal mal direccionada, y sobre todo los prejuicios de microclima que nos llevan a calificar, a etiquetar y a adjetivar mal en lugar de caracterizar y entender democráticamente las diferencias normales con los potenciales y necesarios sectores sociales y políticos, para acumular fuerza para esta etapa y los tiempos venideros.

Trazar líneas divisorias arbitrariamente por diferencias tácticas y de miradas en lo electoral, muchas veces nos lleva a vacuos antagonismos coyunturales que no reflejan realmente los intereses en disputa. Hay compañeros que pueden profesar algún grado de oficialismo, como los hay también que profesan diferentes grados de oposición con los que necesitamos contar, y si hay denominadores comunes en cuestiones fundamentales como la necesidad de combatir el desempleo, el trabajo en negro, el hambre, la falta de vivienda y la corrupción, podemos empezar a caminar juntos.

En ese sentido hoy también es un imperativo la unidad de acción de los trabajadores para resistir este modelo, y aquí no hay que confundir con las actuales roscas políticas que puedan tener algunos dirigentes. Acompañar a la CTA no significa acordar electoralmente con la UP o con un sector del FAUNEN, coincidir con el sector de la Union Ferroviaria que responde al Pollo Sobrero no significa ser parte del FIT, estar de acuerdo con los reclamos y medidas que toma en defensa de los trabajadores la CGT liderada por Moyano, no significa acompañar en un futuro a un Scioli o a un Massa, o ser parte de los vaivenes del camionero en lo político. Esa diferenciación es importante como horizonte en la lucha y para no dejarse limitar por las chicanas y las falacias ideológicas con que fogonea el poder político para desmovilizar, apostando a producir algún tipo de culpa moral (de las que ellos mismos carecen). Trampa en la que solo puede caer algún desprevenido pequeñoburgués de convicciones débiles.

Sectores populares, el campo popular y pueblo

Para redondear la idea y tomando las definiciones más simples de algunos conceptos, entre los sectores denominados populares encontramos una multiplicidad de formaciones asociativas civiles con diversos fines, pero también de grupos sociales diversos entre los que se pueden considerar a algunos sectores de la clase media y media baja, hasta los grupos en condición de extrema pobreza, con o sin vínculos orgánicos alguno y que , como votantes, su universo puede variar y entremezclarse acompañando a partidos autodenominados de izquierda, hasta depositando pasivamente el voto o incluso siendo grupos de fuerza al servicio de los partidos políticos más reaccionarios; por supuesto que esto se debe generalmente a una sensación de convicción, a falta de alternativas, a la cooptación, pero por sobre todo por la trampa de todo el sistema político clientelar y confiscatorio de la voluntad popular que impide por todos los medios el surgimiento de una expresión genuina surgida o resurgida del subsuelo de la patria.

El “campo popular” por su parte es un concepto muchas veces demasiado arbitrario, trillado y utilizado en los ámbitos de la militancia mas urbana cuando se habla de “unidad”, a la que supuestamente debemos acudir y acoplarnos todos, ante el llamado que por lo general van decretando aleatoriamente compañeros de sectores que ante la urgencia de lo electoral exigen tomar definiciones a presión, en nombre de “lo popular”, pero curiosamente con consignas y simbología anacrónicas, en las que más o menos con algún que otro matiz, los militantes medianamente imbuidos en política podemos polemizar y ponernos de acuerdo (o no), pero que no reflejan ni interpelan en nada la necesidad y la urgencia de HOY de lo que a grandes rasgos entendemos por pueblo, mas aún si el pueblo tiene su propia experiencia y símbolos populares y es la clase política del sistema la que mejor interpreta esto (para mal) apropiándose y vaciándolos de su contenido.

En el campo popular identificamos a los grupos de agrupaciones militantes sociales y políticas que se interseccionan y se reagrupan bajo determinadas coyunturas, de cuyos cuadros suelen nutrirse las coaliciones políticas recién arribadas a espacios de poder, como hizo el kirchnerismo en su momento. Cuadros que al aislarse terminan generalmente chupados por el sistema y sus vicios, convirtiéndose en idiotas orgánicos.

Y la máxima aspiración a la unidad a la que anhelamos, que tuvimos, que buscamos y todavía no encontramos, es la del Pueblo, entendido como una creación cultural y a la ligazón de la mayor cantidad de habitantes de este país en torno a un objetivo común, ergo, conteniendo a los sectores populares, al campo popular (a veces con excepciones) e incluyendo democráticamente y con sus contradicciones (siempre y cuando no sean totales) a tendencias, visiones, grupos sociales y de la actividad económica que resulten productivos para el bien común y contribuyan a defender el interés nacional. En palabras de Daniel Azpiazu (economista ya fallecido) y Martín Schorr (sociólogo e investigador) “una unión de trabajadores y otras clases auténticamente productoras”.

El panorama político no es el más alentador, la década kirchnerista nos deja un catastrófico escenario en el cual de los Scioli, Massa y Macri saldrá el próximo presidente. Sus definiciones políticas no son ninguna incógnita. Mas de lo mismo, con algunos retoques, con otra estética y menos relato. Que al menos eso deje abierta la posibilidad de que algunos se sacudan el polvo progresista, aflojen con el cinismo y el consignismo, y que las fuerzas populares y el movimiento obrero puedan reagruparse y podamos construir finalmente la unidad, porque de ello dependerá que no sigamos cayendo al precipicio mientras nos dicen que estamos volando.

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