Editorial El Descamisado Nro. 20

desca20def“…Hasta que un día el paisano acabe con este infierno / y haciendo suyo el gobierno con sólo una ley se rija / o es pa´ todos la cobija o es pa´ todos el invierno…”

Arturo Jauretche, “El Paso de los Libres”, 1934.

El pasado 27 de Octubre sobre un total de más de 30 millones de electores, la conjunción de fuerzas políticas representativas del “partido de Estado”, hoy conocido como “Frente para la Victoria” reunió 7,5 millones de votos; es decir un cuarto del universo elector, mientras que 4,8 millones reunió la UCR, 3,8 millones se congregaron en torno al Frente Renovador y la figura de Sergio Massa, 2 millones optaron por el PRO y Mauricio Macri, algo más de 1 millón quedaron para el dispositivo electoral montado por el PO y demás facciones de izquierda, mientras que un tercio de todo el universo, es decir alrededor de 9 millones de votos se distribuyó entre los ausentes a los comicios, votos en blanco y nulos. Es decir; hoy para la estadística electoral no ganó nadie, no se registra mayoría alguna. El 54 % se desintegró, reformulándose todo en un océano de minorías electorales.

Con los resultados premonitorios de las elecciones primarias del 11 de Agosto y luego de reivindicar en un efusivo discurso por cadena nacional un triunfo electoral en la Antártida, la Presidente Fernández por “estricta prescripción médica” abandona la centralidad del acontecer político nacional, replegándose en una intimidad doméstica de mascotas y peluches. Según dicen, desde allí con la colaboración de su Secretario Legal y Técnico Carlos Zanini, delegó la toma de decisiones en el Gobernador de Chaco Jorge Capitanich designándolo Jefe de Gabinete de Ministros de la Nación, y en Axel Kicillof como Ministro de Economía, quien ya venía tomando decisiones en la mayoría de los ámbitos de dicha jurisdicción. Al mismo tiempo, se deshizo de Marcó del Pont en el BCRA, del Secretario Moreno y del Ministro de Seguridad Puricelli, y sin olvidar al paso poner en juego todo su capital político para investir a César Milani con el mismo uniforme y mismo sable de San Martín y Perón, para ungirlo como Comandante en Jefe del Ejército Argentino.

Más allá de espasmódicas decisiones adoptadas, no se evidencian cambios sustanciales, sino más bien ratificaciones maquilladas de nuevos modales. En lo relevante se ha ratificado la idea como política de Estado que nuestros recursos naturales y las posibilidades que brindan su renta de explotación continuarán a merced del interés privado de monopolios extranjeros y nacionales; la sangría de divisas hoy ya ni siquiera bajo el eufemismo del “desendeudamiento” sino directamente como “pagadores seriales”; la aceleración bestial de la devaluación de la moneda nacional con el consiguiente aplastamiento de los salarios e ingresos medidos en dólares y la disparada inflacionaria de los precios de bienes de consumo prioritario en pesos, la concentración de ingresos y riquezas en un puñado de empresas enajenadas de la comunidad y destino nacional.

En medio de todo esto, oficialistas y opositores se constituyen en una dirigencia timorata, mediocre, carente de ideas innovadoras, pequeña en su ineficaz picardía criolla, con mayordomías de poderosos y extranjerías mediante. La crisis de la “ética de las convicciones” sufre un extravío profundo. En el plano político, sindical, empresario, militar, científico, comunitario, subsiste errabunda en sus máximas expresiones una estirpe dirigencial de vuelo bajo, ebria de privilegios y prebendas, de nula mirada estratégica, desertores como artífices del destino común y fieles instrumentos de los que ambicionan más de la cuenta.

Sin embargo esta dirigencia no ha descendido de un objeto volador no identificado, ni trasplantada invasión mediante de allende los mares. Es consecuencia directa de la reproducción social que transcurre en la entrañas de estas tierras. Es el producto de una sociedad cómplice, cercada, agobiada, que perdura desarrollando cierta capacidad de metástasis, al tiempo que se amontonan colapsos en cadena en diversos ámbitos de jurisdicciones indelegables del Estado, desencadenando valles de perjuicios y penurias entre la población.

¿O acaso la anomia social evidenciada recientemente en las provincias de Córdoba, Entre Ríos, Chaco, Santa Fe, Tucumán, Jujuy, Buenos Aires y su estado latente en otros distritos, no expresó en cierta escala y medida el comportamiento político de esta dirigencia respecto a los bienes públicos y comunes de la Nación durante –por lo menos- las últimas cuatro décadas? Es decir; EL SAQUEO, como conducta social expresiva del derecho al apoderamiento ilegítimo e indiscriminado de bienes privados, públicos y comunes como prenda victoriosa de una supremacía circunstancial.

Como obligada contrapartida más de 12 millones de pobres de toda pobreza y de 4 millones de indigentes de toda dignidad, conjuntamente con una población aproximada de 8 millones de trabajadores “ocupados”, en su mayoría en condiciones por demás precarias de vida definen un escenario político dominado por una doble exigencia. Por una parte, una genuina representatividad del sistema político, a fin de superar el déficit de legitimidad del orden conservador y canalizar el difuso sentimiento de exclusión prevaleciente en amplios segmentos de la población. Por otra parte, una nueva institucionalización de las cuestiones del trabajo y la producción, para dar expresión y puesta en valor a las reales posibilidades de autodesarrollo sustentable de la Nación, es decir de Liberación. En este marco de situación la acción política vacante se agiganta a cada día.

Todos hemos tenido oportunidad de observar atentamente las actividades y el desempeño de las autoridades superiores de la Nación durante las últimas décadas. Ha sido ingrata y dolorosa la comprobación. Se han defraudado las esperanzas de los argentinos adoptan¬do como sistema la venalidad, el fraude, el peculado y la corrupción. Se ha llevado al pueblo al escepticismo y a la postración moral, des¬vinculándolo de la cosa pública explotada, en beneficio de siniestros personajes movidos por la más vil de las pasiones. (Textuales definiciones de la proclama del 4 de Junio de 1943 de las Fuerzas Armadas, que aquí adoptamos en su totalidad para contribuir a caracterizar el actual acontecer político).

Lo que aparece como inercia caótica institucional, como anomia generalizada, es también en rigor la manifestación del costado dominante de nuestra formación nacional, es decir el aspecto autoritario de la elite que dirige el “desarrollo”. El componente de “innovación” y el componente de “dominación”, presentes en todo bloque de poder hoy parecen fatigados en su dialéctica.

En esta perspectiva y de mantenerse la tendencia, sólo puede esperarse que el “modelo” en operaciones caiga en un precipicio del cual por efecto rebote emergerá una versión más retrógrada, pero a su vez con una legitimidad aún más cuestionada. Si la actual conducción política del Estado Nacional al mando de Cristina Fernández se presenta extraviada, falta de reflejos y carente de un rumbo cierto, la llamada oposición no se distingue en mucho, al decir la verdad en nada.

El retroceso ha sido brutal en todos los órdenes. Un nuevo “sentido común” sobre la base de una filosofía pragmática, individualista y competitiva proclamó la inviabilidad de los planteos de Liberación y Justicia Social, justificando la necesidad “táctica” de aceptar las nuevas formas de dependencia, que vergonzantemente llaman interdependencia o globalización. Es falsa la proclama e insoportable sus consecuencias prácticas.

El caso argentino es particularmente grave porque se trata de una sociedad en permanente retroceso, en el cual el retorno a la “normalidad democrática” más que discontinuarlo lo ha profundizado. De una estructura social con un fuerte sesgo hacia la “movilidad social”, se ha involucionado para la inmensa mayoría hacia una matriz de “transferencia intergeneracional de la pobreza”; en los marcos de un sistema productivo sesgado por un espiral hasta hoy indetenible de concentración, extranjerización y dislocada utilización de excedentes con alarmantes indicadores deficitarios de la inversión y ahorro nacionales.

El lugar ocupado por el estado “parcial” de la restauración conservadora deberá ser recuperado para la construcción de un verdadero Estado Nacional ampliando las bases de la comunidad política, resolviendo la crisis de participación en los marcos de una reorganización institucional a través del reconocimiento de una inmensa mayoría popular en sus intereses, esperanzas y anhelos de trabajo, dignidad y justicia social.

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