La «clase polìtica» – por Ramiro Mases

¿Cuál es la diferencia entre la política y lo político?
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Podríamos caracterizar muy brevemente a lo político como aquellos asuntos que están estrechamente ligados al ámbito político, en tanto se entienda a este como uno que excede en su particularidad el territorio de lo individual para volverse una cuestión que incumbe a un cierto tipo de comunidad, la cual tiene tanto intereses en sí misma como así también los miembros que la componen, en la cual las relaciones entre unos y otros, así como entre las distintas comunidades o subcomunidades políticas, se articulan y se expresan mediante distintos tipos de relaciones, mecanismos y configuraciones de poder que las caracterizan y definen su estado actual. Es decir: lo político como una dimensión constitutiva de la condición humana, en tanto se trata de un ser esencialmente social.

Por su parte, de la política podríamos dar, al menos, 2 definiciones. Una, más bien general, identificando a la política como un determinado sistema político, es decir, un esquema de funcionamiento y regulación de las relaciones políticas, en el marco de una determinada comunidad política, en un tiempo y lugar determinados. Puede decirse que en este sentido la política sería como otra cierta actividad social, tal como la Medicina, o el Derecho, o el Arte. Nótese que a diferencia de lo político en tanto tal, la política es un producto de una época y sociedad particular, que recibe todo el peso de la determinación histórica. Por otro lado, lo político es una esfera propia del estar en el mundo de los humanos hasta el día de hoy y hasta que sigan organizando su vida en el marco de una comunidad. La segunda definición, más precisa y de la cual echaremos mano en este escrito, es el de la política entendida como el sistema político (el modo de pensar y ejercer la función política o, lo que es lo mismo, de lidiar con lo político) de una época en particular: la nuestra. El sistema político argentino actual no es un hecho caído del cielo, o simplemente la suerte que el destino deparó a nuestro pueblo. Muy por el contrario. Se trata de un producto histórico que registra causas y actores muy puntuales, y cuyo estado de funcionamiento contemporáneo responde a un cierto tipo de intereses, a los que beneficia.

Hacia 1981, el entonces dictador Jorge Rafael Videla, en una entrevista que se le realizara y donde se le consultara respecto a una supuesta reapertura democrática y el consiguiente rol que ocuparía “el partido peronista” el genocida respondió: “En la medida en que el ´partido peronista´ se adapte a la nueva situación política y social, inaugurada el 24 de marzo de 1976, y deje de lado viejos vicios y banderas que lo han caracterizado en otras épocas, no tendrá porqué ser excluido de esta reapertura”.

A juicio de quien escribe, esta declaración es más bien la confesión de cuáles son los planes del poder (imperio y oligarquía) para el movimiento de masas nacional y popular más grande de Latinoamérica, al que han combatido militar y políticamente desde el 55 en adelante: convertir al peronismo en un partido (PJ) más dentro de un sistema político que sirva para vigilar, en un estado de derecho y con elecciones, es decir con un cierto grado de consenso y legitimidad, la estructura económica, social y cultural que ha establecido el golpe militar oligárquico-imperialista.

El peronismo como instrumento electoral, el Partido Justicialista, no será nunca más una herramienta de transformación de la realidad en manos de las mayorías populares. El hecho de que haya sido Alfonsín y no Luder quien triunfara en 1983, no cambia la perspectiva: Es durante el alfonsinismo que se instala la “Teoría de los dos demonios”, se sancionan las leyes de la impunidad, y sobre todo se consolida la estructura económica liberal, establecida por Martínez de Hoz. También en los 80 comienzan las defecciones en todos los espacios. Ese sinceramiento que dice: “Yo ya luché mucho, viste, el pueblo no quiere cambiar”. Aparecen los negocios, las alianzas espurias.

Luego, Menem. Y Con Menem, se hace cruda realidad aquella sentencia de Videla: El Partido Justicialista se convierte en ariete de la entrega y el saqueo de nuestra nación, el radicalismo es cómplice absoluto (el Pacto de Olivos quizás sea el mejor ejemplo). La politica y lo político se farandulizan, la corrupción se hace masiva y generalizada. Los negocios priman sobre cualquier iniciativa política.
La aparición de la Alianza como una alternativa “sin corrupción” para continuar el modelo, con la novedad del FREPASO en sus filas, quienes aparecían como la oposición por “izquierda” al menemismo, constituye no sólo un capitulo más en la historia de saqueo de la nación, desposesión de derechos y recursos del pueblo y de entrega de la soberanía nacional, sino también uno particular en la consolidación del funcionamiento y el peso que tiene la clase política en nuestro devenir histórico, puesto que demuestra que poquísimo valen las procedencias por izquierda o derecha, cuando de lo que se trata es de ocupar los resortes del Estado para poder garantizar el enriquecimiento personal y el sostenimiento de una estructura política capaz de garantizar la supervivencia (económica y política) de quienes la componen, a cualquier costo.

Este desprolijo, acotado e incompleto racconto histórico del devenir político desde 1983 para acá, solo pretende enunciar las líneas generales de un análisis que permita afirmar lo siguiente:
Desde que tomaron el poder a sangre y fuego en 1976 la oligarquía y el imperialismo, y tras la vuelta a un cierto estado de derecho, a partir de 1983, han garantizado (adaptados a los paradigmas globales actuales) que la distribución de la riqueza y la conducción estratégica de los destinos de nuestro país no saliera de la órbita de sus intereses como grupo social, dejando un tendal de miseria, hambre y dependencia en el seno de nuestro pueblo. Para esto necesitó que a partir del 83 en adelante, el sistema político argentino no fuera permeable a la aparición de una propuesta popular alternativa, a la par que se desarrollara a partir de dicho sistema político una clase social que monopoliza y profesionaliza el ejercicio político, aumentando la ilegitimidad, a la vez que garantiza que nada cambie.

En términos generales y filosóficos queremos decir que: se ha producido un avance desmesurado de la política sobre lo político, al punto tal de que lo político ha sido deglutido por la política en su totalidad.

Esto quiere decir en términos concretos (político/históricos) que la actividad política ya no es concebida como un deber cívico o una vocación que parte de cierta afinidad con el pueblo u otro sector social, sino que deviene una profesión donde, como toda profesión, lo importante es no perder la fuente de ingreso. Es decir, aparece esa figura que en el 2001 fue caracterizada y repudiada por casi toda la sociedad: “Los políticos”. Es decir, aquellos que “trabajan “en la política, aquellos que no representan los intereses de un grupo social, sino los intereses propios y, eventualmente, de aquellos que de él dependen. Los partidos ya no son espacios de contención y acción política, sino franquicias o maquinarias electorales, vacías de contenido ideológico sustancial, capaces de “rosquear” con cualquier enemigo con tal de subsistir.

Este sistema político genera una clase política rentística y parasitaria preocupada por su propia subsistencia que, con el correr de los años, ha desarrollado y perfeccionado mecanismos que legitiman y hasta legalizan la apropiación de la renta extraordinaria que realizan: la de las arcas estatales. Desde el Presidente de la Nación hasta el concejal, todos buscan “la caja”, esos recursos que permitan el enriquecimiento personal, el mantenimiento de la fuerza política que los sostiene y el disciplinamiento de clientes y adversarios. Es esta visión de lo político, deglutido por la política, la que hace que los empresarios salten a la política y los políticos se hagan empresarios, que haya funcionarios revolucionarios, con declaraciones juradas millonarias. Y a no confundirse: Esta no es una crítica moral “honestista” que critica el robo. No. Es una crítica política a una clase y a un ejercicio de la función política que constituye uno de los resortes principales de la dependencia, el atraso y el coloniaje en nuestro país.

La clase política, hoy, tanto de oposición como de oficialismo (donde la primera pareciera ser la columna vertebral del segundo) no parecen tener en el fondo, es decir, respecto a la estructura central hoy vigente y funcionando, inaugurada por la dictadura, (un país con un tercio de población excluida y sobreviviendo, nuestra soberanía vulnerada y nuestra dependencia profundizada) muchas diferencias a la hora de perpetuar dicho modelo. Eventualmente varían en el cómo.

Ahora bien: ¿Podemos nosotros como pueblo de a pie seguir confiando nuestros destinos y el de nuestros hijos a semejante clase política elitista y corrupta? ¿Podemos seguir dejando en sus manos los asuntos de la comunidad, es decir lo político en manos de la política? ¿O quizás ya es hora de que nos involucremos activamente en la ampliación de la participación popular y la creación de una alternativa política, que sea capaz de garantizar el sustento decoroso de cada habitante del territorio, a la vez que haga realidad aquellas perspectivas de lograr “la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación”? Hasta tanto, deberemos seguir votando verdugos.

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